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Familia Burrón

¡México mágico! expresión surgida de las cosas que parecen irreales en el país, pero que por su forma y carácter, terminan siendo una fiel muestra de la realidad. Nuestra historia está plagada de esas características, basta darse una vuelta por calles y barrios de la capital para encontrarse con personajes, incluso familias enteras, que al hablar le dan voz a una ciudad que se mece entre cultura, diversidad y entretenimiento.

 

Es esta mezcla la que se plasma en la historieta de Gabriel Vargas, La Familia Barrón, son personajes y calles del México real que llevados al cómic se hacen uno con el paisaje. Con ojo preciso el autor nos describe los contrastes de los ricos y pobres, los marginados y sus vecindades, sus costumbres, formas de vestir y un rico lenguaje que raya en lo original.

 

Quizá sea la forma en que nos reflejamos en los personajes o este universo donde cada cosa es dibujada a la perfección, quizá el inglés adaptado en frases como “Veri fain” o simplemente la unión de todos estos elementos, fue lo que hizo que desde 1938, año en que se comenzara a publicar la obra, los mexicanos adoptamos a La Familia Burrón. Gabriel Vargas la integra a la historieta “Pepín” para darle popularidad, finalmente en 1948 la independiza, logrando publicar 100 páginas semanales hasta alcanzar un tiraje de 500,000 ejemplares, hasta que cierra sus aventuras en agosto del 2009.

 

Parte fundamental del éxito de la historieta se debe a tres factores, recrear la realidad del país en el siglo XX, el lenguaje que se utiliza -capturando el verdadero castellano o el castellano popular- en frases coloquiales que los ciudadanos utilizaban en el día a día y  principalmente por su infinito toque de humor, que aligeraba el peso del lector, lo transportaba a su realidad y su salida más creativa, porque Borola Tacuche representaba el sueño de muchos, una persona integrante de alguna vecindad, que tenía en la mente salir si o sí, de la pobreza, de las inseguridades del mundo en desarrollo, para instalarse en la élite. Y en ese intento y en el mover de cada personaje, Gabriel Vargas remarcó el humor, para salir de las circunstancias difíciles, al final lo expresó siempre; “es la válvula de escape natural hasta para las cosas que nos hacen sufrir. La risa es salud, mi sueño ha sido hacer reír a toda la gente hasta a la que vive muy mal y sufre cosas terribles”.

 

Y como dicen que recordar es volver a vivir, te presentamos parte de esta familia:

 

Regino Burrón, esposo de la ya mencionada Borola Tacuche, papá de la familia central y dueño de la pulquería El Rizo de Oro. De los padres pasamos a mencionar a sus hijos, Macuca, Regino, Foforito, que cabe remarcar es adoptado, para dar cierre con el perro Wilson que como la mayoría de los canes de vecindad no tienen ni origen, ni raza.

 

Los padres biológicos de Foforito son Susano Cantarranas y la Divina Chuy que desgraciadamente viven en el alcoholismo.

 

Para que la cuña apriete como se dice en los barrios y aprovechando el extenso lenguaje que nos regaló la historieta, presentamos a Doña Gamucita viuda de Pilongano, una mujer anciana que ofrece sus servicios lavando ropa, esta viejita tiene un hijo llamado Avelino un soñador que dice ser poeta.

 

Y así se nos pueden ir horas describiendo características fantásticas de cada personaje, pero queremos cerrar esta nota hablando de Gabriel Vargas, que al final, también es parte del México que dibujo.

 

Vargas nacido en Hidalgo en 1918, tenía un don nato, sus manos fueron capaces de entregar dibujos a edades muy cortas, a los 11 años se le reconoce en un concurso en Japón, en nuestro país se le ofrece la oportunidad de obtener ingresos para explotar su talento y viajar a Francia a pulir sus conocimientos, pero este genio decide quedarse en México y trabajar aquí, para demostrar que lo suyo era dibujar por eso a los 17 años el periódico Excélsior lo nombra jefe de departamento de dibujo.

 

Gabriel Vargas falleció el 25 de mayo del 2010 en la Ciudad de México, dejando un legado de más de 71 años de familia Burrón, una historia que no podrá ser olvidada, porque borrarla sería simplemente borrar la identidad misma de los habitantes de un país entero.

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